En esta ocasión vamos a hacerle reverencia a una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Meet Joe Black (¿Conoces a Joe Black? como fue amablemente traducida en México) es una obra de arte en movimiento de 1998 dirigida por Martin Brest y protagonizada por Brad Pitt, Anthony Hopkins y Claire Forlani, quienes se avientan un duelo de actuación y al final los que ganamos somos nosotros. Otros créditos que es necesario dar debido al tema de este artículo son los cuatro guionistas Rob Osborn, Jeff Reno, Bo Goldman y Kevin Wade además del compositor de la música original, Tomas Newman. Los menciono porque lo que hacen estos genios es crear literal poesía en multimedia; todos utilizan sus súper poderes a la perfección y se compaginan extraordinariamente.

Pues bien, como siempre, advierto a todos aquellos que no quieran estropeada su experiencia cinematográfica que se avecinan spoilers, así que si no han visto Meet Joe Black, es momento de dejar de leer y, de ser posible, buscarla y verla, porque es una para lista de Top10.

Una vez aclarado lo anterior sigamos con el tema. Como les había comentado en artículos anteriores, estos breves ensayos no buscan reseñar o criticar las películas en su totalidad sino resaltar detalles específicos, escenas, datos curiosos, actuaciones o cosas del estilo. En esta ocasión vamos a hablar del uso del silencio.

El silencio es una parte fundamental de cualquier obra artística que involucre sonido: da pausa, genera tensión, cambia el ritmo y da énfasis a otros aspectos que están ocurriendo. En ocasiones el silencio puede dar miedo especialmente a autores nuevos; es fácil sentir que un largo silencio pueda ser incómodo o que podamos perder a nuestra audiencia si lo sobre utilizamos. Por eso, pensar en ejemplos en los que el silencio sobresalga no es fácil; es un arma poderosa que poco se atreven a emplear con confianza. Ese no es el caso de Martin Brest.

Meet Joe Black se toma su tiempo, en ningún momento se apresura; tiene un tempo notorio, musical, taciturno y pausado, llevado por banda sonora de Newman y por un guion elocuente y mordaz en el que los escritores constantemente hacen uso de espectaculares discursos y facundos silencios. Nada en esta película sucede con prisa.

Brevemente, para estar todos en la misma sintonía, les platico la trama exageradamente resumida: Bill Parrish (Anthony Hopkins) recibe la visita de Joe, la Muerte encarnada (Brad Pitt), con una terrible revelación: su hora ha llegado. Sin embargo, debido a que está interesado en conocer el mundo de los humanos, le otorgará tiempo para resolver sus asuntos mientras lo logre mantener entretenido. En el proceso, y para horror de Parrish, Joe se enamora de Susan, hija de Parrish. Ella también cae enamorada pero siempre creyendo que es un muchacho al que conoció fortuitamente en una cafetería. Encaprichado, Joe decide que se llevará a su amada con él al terminar su estadía; Bill, literalmente negociando con La Muerte, lo convence de confesarle a su hija su verdadera identidad y, de ser aceptado, consentirá que lleve a cabo su voluntad.

Con este torpe y minúsculo resumen llegamos a la escena que quiero resaltar. Para el momento en que Joe llega a confesarse ante Susan, la película ya supera las dos horas y media. ¿Por qué menciono esto? Para subrayar la indiferencia de Brest hacia el cronómetro y las ideas preconcebidas en relación a la duración de una película; él tenía un objetivo claro en su cabeza y ninguna máxima de la industria cinematográfica lo iba a apresurar.

Entonces, arranca la escena: Susan coquetea con Joe durante los primeros minutos hasta que finalmente se da cuenta de que él no está correspondiéndole y que algo sucede; Joe, muy escuetamente, le hace entender que viene a despedirse. Después de ofrecerle ir con él o esperarlo a que regrese, finalmente se rinde y acepta que no hay forma de convencerlo, todo esto con intercambios mínimos de diálogo.

Después, la magia.

Él la besa a manera de despedida e inmediatamente después la abraza para transmitirle a través del pensamiento que no es quién ella cree. En esta secuencia Brest se toma 30 segundos, TREINTA SEGUNDOS, en los que Claire Forlani, en un impresionante close up, pasa por diez mil matices de emoción. Finalmente susurra conmocionada “Eres alguien más…”. Tras un breve intercambio en el que Joe le pregunta si quiere saber quién es específicamente, Claire se toma trece segundos para murmurar “eres…”, trece más para repetir “eres…” y 24 SEGUNDOS MÁS para concluir la oración “eres Joe…” En total la escena dura más de cinco minutos pero este último momento climático dura poquito más de dos, en los cuales hay diez intervenciones habladas, monosilábicas o extremadamente breves, y lo demás es silencio. Ahora, no es silencio total, la espectacular música de Tomas Newman sube en potencia y volumen durante toda la secuencia en la que Susan cae en cuenta, y desciende nuevamente para que escuchemos claramente aquella última y dulce amarga sentencia, “eres Joe…”.

Como dije al principio, el silencio bien utilizado exalta otros detalles de la experiencia audiovisual, en este caso puntual, la música y la actuación impecable de Forlani y Pitt. Brest se tomó casi 120 segundos de silencio para hacer la escena poética y perfecta que se había imaginado y lo hizo cuando estábamos acercándonos a las tres horas de película.

Supongo que lo que quiero decir es: nunca permitas que alguien te diga que estás mal solo porque te sales del constructo establecido y mucho menos cuando se trata de arte.

Sin necios valientes, Meet Joe Black hubiera durado 100 minutos y no la recordaría nadie.