El Güero sonríe mientras camina. Su paso es seguro y rítmico, pero sin prisa. Cualquier persona que lo observe, sabrá que se trata de un ser feliz que ama la libertad, pero por sobre todas las cosas ama la vida. El Güero disfruta de los días soleados, del aroma del pasto, de la brisa, de la lluvia, de los pequeños placeres. Cuando llega a la oficina, siempre tiene una sonrisa  y un gesto amable para quienes se cruzan por su camino. Tiene una personalidad cautivadora: un cuerpo fuerte y bien formado, los ojos castaños, que pueden parecer fríos o amenazadores, pero cuando se miran a fondo, están llenos de bondad  y cariño. Nadie sabe la edad precisa del Güero, pero todos sabemos que ya no es un niño. Su actitud y su porte reflejan madurez, experiencia y cientos de batallas vividas;  a pesar de los años, pocos o muchos, el Güero tiene alma de niño.

Una de las mejores virtudes del Güero es su magnetismo,  es increíble y  hasta gratificante ver cómo todos quieren al Güero; niños y niñas, hombres y mujeres, los más jóvenes y  los no tan jóvenes…  es que el Güero quiere a todos por igual. A él no le importa el aspecto físico, la edad, la condición social y  mucho menos el género. El Güero reparte amor a diestra  siniestra a cambio de muy poco: una caricia, una sonrisa y algo de comer.

No tengo la menor duda de que el Güero sabe vivir y disfruta cada instante. A él no le preocupan temas banales como la economía, la inseguridad, el turismo, las guerras o la situación política del mundo. El centra su atención en la caricia que está recibiendo, en la botana que alguien le regaló y saborea con gusto desmedido, en la risa de los niños, en el sol calentando su cuerpo. El Güero vive aquí  y ahora: una filosofía que quizá, deberíamos adoptar todos. Cuando lo observo pienso que si fuéramos más parecidos a él, definitivamente éste, sería un mundo mejor.

El Güero es un perro comunitario, responsablemente esterilizado, querido y respetado por muchos. Si lo llegas a ver, sólo dale mucho cariño, te aseguro que él sabrá corresponderte con una gran sonrisa, su cola moviéndose a mil por hora y uno que otro lengüetazo.

Claudia Rojo

Editora